La tarde se presentaba tranquila. Nada era urgente en la redacción del periódico, así que salí a almorzar en el casco antiguo de San Sebastián. La playa de la concha estaba hermosa, el mar la mecía con sus olas de manera suave, casi sensual. Alzando la mirada, uno veía, a lo lejos, la isla rodeada de un mar azul intenso. Ella, tan verde, parecía decir, ya es primavera.
Luis y yo observábamos esa hermosa tarde cuando sonó mi buscapersonas. Llamé al periódico y anunciaron lo que uno siempre quiere evitar escuchar. Un atentado en la entrada de la cárcel de Martutene. Como siempre corrimos a tomar un taxi, con las cámaras colgando de los hombros y con la agitación que otorga la adrenalina.
El taxista, empujado por nuestras prisas intentaba llegar lo antes posible al lugar del atentado mientras escuchábamos en la radio del auto detalles del atentado. Pudimos saber que no era un coche bomba, sino un disparo en la nuca a algún gendarme de la cárcel. Luis y yo nos miramos intuitivamente. Mi colega expresó con palabras lo que insensiblemente ambos pensábamos.
¡Me cago en … ojalá esté muerto! Si lo han herido tendremos que estar fotografiando políticos tres días seguidos! dijo, mientras colocaba un rollo de película en su Nikon F4.
Al llegar comprobamos que efectivamente estaba muerto, una sábana blanca manchada de sangre lo cubría, así que no tendríamos ese trabajo agobiante, rutinario, de la llegada de políticos para fotografiarse en la entrada del hospital, compitiendo entre ellos en poner el más impactante gesto de duelo.
Revelé las fotografías y las distribuí a Bilbao y Madrid. “Buenas fotos, me dijeron por teléfono”. Sabía que lo eran, pero ya comenzaba a reflexionar sobre lo sucedido.
Sentado, solo, bebiendo un gin-tonic, pensaba en lo insensible y egoísta que era. Anteponía mi trabajo a pensar en la vida de los demás. Pero, como todos, me estaba acostumbrando a vivir con la muerte. Con los atentados. Con una realidad que no me hacía insensible, al contrario, me sensibilizaba de otra manera. Lo que me hacía más frío era mi profesión, mi urgencia, que era la urgencia del periódico que me pagaba, y la coraza que proporciona una cámara fotográfica, convirtiéndose en una muralla entre uno y la realidad.
lunes, 26 de mayo de 2008
sábado, 24 de mayo de 2008
Gracias Viejo.
Hoy, de madrugada, los sonidos inconfundibles de la lluvia y el viento desvelaron mi sueño. Un temporal se acercaba. Miré a través de la ventana y no vi nada. La oscuridad era total. Pero ahí seguían los sonidos de la tormenta acompañados de los ladridos de mis perros. Chiloé es bello hasta con tormenta pensé, rememorando tiempos pasados.
Tumbado en la cama, acompañado de los sonidos de la naturaleza, me vi en medio de la oscuridad recordando la imagen y voz de mi padre explicándome que la oscuridad solo era ausencia de luz. El, con su pipa entre los dientes, cerrando un ojo para que el humo no le molestara puso una cámara fotográfica en mis manos, y un libro de técnica fotográfica en las suyas. Me explicó algunos fundamentos, cargó un rollo de diapositivas en la caja de la cámara Regula y salimos a la calle.
“Ahora, mira a través del visor y fotografía lo que te parezca”, -dijo. Mis manos sintieron un calor inusual y todo mi cuerpo se vio apoderado de un cosquilleo continuo. Recordé lo que antes me había explicado, y a mi entender ajusté el diafragma y la velocidad aproximada por la escala de luz que portaba la cámara, y comencé a fotografiar. Fue una tarde mágica, pero también lo fue la semana que tuve que esperar a que llegaran las diapositivas reveladas. Esa espera, creo, fue más creativa que el momento de las tomas. Mi mente imaginó miles de imágenes que habían sido captadas y mi imaginación se desbordó.
Llegaron las diapositivas. Las tenía en mis manos y de alguna manera supe que ahí, en esa caja de cartón aparte de fotografías, había una parte de mí. Ansioso, abrí la caja y comencé a mirar los fotogramas a través de la luz. No podía parar. Lo hacía una y otra vez mientras mi padre preparaba el proyector. Allí estaba en grande, en color, lo que mis ojos y mi mente habían visto una semana atrás. Las vi infinidad de veces, hasta que ya dejaron de parecerme tan maravillosas y volví a sentir el impulso, la necesidad de fotografiar.
Tumbado en la cama, acompañado de los sonidos de la naturaleza, me vi en medio de la oscuridad recordando la imagen y voz de mi padre explicándome que la oscuridad solo era ausencia de luz. El, con su pipa entre los dientes, cerrando un ojo para que el humo no le molestara puso una cámara fotográfica en mis manos, y un libro de técnica fotográfica en las suyas. Me explicó algunos fundamentos, cargó un rollo de diapositivas en la caja de la cámara Regula y salimos a la calle.
“Ahora, mira a través del visor y fotografía lo que te parezca”, -dijo. Mis manos sintieron un calor inusual y todo mi cuerpo se vio apoderado de un cosquilleo continuo. Recordé lo que antes me había explicado, y a mi entender ajusté el diafragma y la velocidad aproximada por la escala de luz que portaba la cámara, y comencé a fotografiar. Fue una tarde mágica, pero también lo fue la semana que tuve que esperar a que llegaran las diapositivas reveladas. Esa espera, creo, fue más creativa que el momento de las tomas. Mi mente imaginó miles de imágenes que habían sido captadas y mi imaginación se desbordó.
Llegaron las diapositivas. Las tenía en mis manos y de alguna manera supe que ahí, en esa caja de cartón aparte de fotografías, había una parte de mí. Ansioso, abrí la caja y comencé a mirar los fotogramas a través de la luz. No podía parar. Lo hacía una y otra vez mientras mi padre preparaba el proyector. Allí estaba en grande, en color, lo que mis ojos y mi mente habían visto una semana atrás. Las vi infinidad de veces, hasta que ya dejaron de parecerme tan maravillosas y volví a sentir el impulso, la necesidad de fotografiar.
Esa necesidad continúa, y es como una parte de nuestra alma para todos los que amamos este oficio. Nunca existe la última fotografía, siempre se tiene la sensación que podemos hacerlo mejor, así que inmediatamente nos olvidamos o desenamoramos de esa “última”, y pensamos en seguir fotografiando.
¿Verdad viejo?
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