La tarde se presentaba tranquila. Nada era urgente en la redacción del periódico, así que salí a almorzar en el casco antiguo de San Sebastián. La playa de la concha estaba hermosa, el mar la mecía con sus olas de manera suave, casi sensual. Alzando la mirada, uno veía, a lo lejos, la isla rodeada de un mar azul intenso. Ella, tan verde, parecía decir, ya es primavera.
Luis y yo observábamos esa hermosa tarde cuando sonó mi buscapersonas. Llamé al periódico y anunciaron lo que uno siempre quiere evitar escuchar. Un atentado en la entrada de la cárcel de Martutene. Como siempre corrimos a tomar un taxi, con las cámaras colgando de los hombros y con la agitación que otorga la adrenalina.
El taxista, empujado por nuestras prisas intentaba llegar lo antes posible al lugar del atentado mientras escuchábamos en la radio del auto detalles del atentado. Pudimos saber que no era un coche bomba, sino un disparo en la nuca a algún gendarme de la cárcel. Luis y yo nos miramos intuitivamente. Mi colega expresó con palabras lo que insensiblemente ambos pensábamos.
¡Me cago en … ojalá esté muerto! Si lo han herido tendremos que estar fotografiando políticos tres días seguidos! dijo, mientras colocaba un rollo de película en su Nikon F4.
Al llegar comprobamos que efectivamente estaba muerto, una sábana blanca manchada de sangre lo cubría, así que no tendríamos ese trabajo agobiante, rutinario, de la llegada de políticos para fotografiarse en la entrada del hospital, compitiendo entre ellos en poner el más impactante gesto de duelo.
Revelé las fotografías y las distribuí a Bilbao y Madrid. “Buenas fotos, me dijeron por teléfono”. Sabía que lo eran, pero ya comenzaba a reflexionar sobre lo sucedido.
Sentado, solo, bebiendo un gin-tonic, pensaba en lo insensible y egoísta que era. Anteponía mi trabajo a pensar en la vida de los demás. Pero, como todos, me estaba acostumbrando a vivir con la muerte. Con los atentados. Con una realidad que no me hacía insensible, al contrario, me sensibilizaba de otra manera. Lo que me hacía más frío era mi profesión, mi urgencia, que era la urgencia del periódico que me pagaba, y la coraza que proporciona una cámara fotográfica, convirtiéndose en una muralla entre uno y la realidad.
lunes, 26 de mayo de 2008
Suscribirse a:
Entradas (Atom)