sábado, 24 de mayo de 2008

Gracias Viejo.

Hoy, de madrugada, los sonidos inconfundibles de la lluvia y el viento desvelaron mi sueño. Un temporal se acercaba. Miré a través de la ventana y no vi nada. La oscuridad era total. Pero ahí seguían los sonidos de la tormenta acompañados de los ladridos de mis perros. Chiloé es bello hasta con tormenta pensé, rememorando tiempos pasados.

Tumbado en la cama, acompañado de los sonidos de la naturaleza, me vi en medio de la oscuridad recordando la imagen y voz de mi padre explicándome que la oscuridad solo era ausencia de luz. El, con su pipa entre los dientes, cerrando un ojo para que el humo no le molestara puso una cámara fotográfica en mis manos, y un libro de técnica fotográfica en las suyas. Me explicó algunos fundamentos, cargó un rollo de diapositivas en la caja de la cámara Regula y salimos a la calle.

“Ahora, mira a través del visor y fotografía lo que te parezca”, -dijo. Mis manos sintieron un calor inusual y todo mi cuerpo se vio apoderado de un cosquilleo continuo. Recordé lo que antes me había explicado, y a mi entender ajusté el diafragma y la velocidad aproximada por la escala de luz que portaba la cámara, y comencé a fotografiar. Fue una tarde mágica, pero también lo fue la semana que tuve que esperar a que llegaran las diapositivas reveladas. Esa espera, creo, fue más creativa que el momento de las tomas. Mi mente imaginó miles de imágenes que habían sido captadas y mi imaginación se desbordó.

Llegaron las diapositivas. Las tenía en mis manos y de alguna manera supe que ahí, en esa caja de cartón aparte de fotografías, había una parte de mí. Ansioso, abrí la caja y comencé a mirar los fotogramas a través de la luz. No podía parar. Lo hacía una y otra vez mientras mi padre preparaba el proyector. Allí estaba en grande, en color, lo que mis ojos y mi mente habían visto una semana atrás. Las vi infinidad de veces, hasta que ya dejaron de parecerme tan maravillosas y volví a sentir el impulso, la necesidad de fotografiar.


Esa necesidad continúa, y es como una parte de nuestra alma para todos los que amamos este oficio. Nunca existe la última fotografía, siempre se tiene la sensación que podemos hacerlo mejor, así que inmediatamente nos olvidamos o desenamoramos de esa “última”, y pensamos en seguir fotografiando.

¿Verdad viejo?